miércoles, 16 de septiembre de 2009

Tropas especiales: Operación Panzerfaust

Nota: El presente artículo ha sido extraído y adaptado del libro “Lebe gefählich” (Rin Verlag Sieburg, 1962).
A todos los camaradas caídos en la guerra 1939-1945. Skorzeny

Por Otto Skorzeny
El Duce se despide sonriente del encargado del hotel en el cual se ha alojado en calidad de prisionero. A su derecha, Otto Skorzeny, que dirigió la operación de rescate.
CON “LUCHAMOS Y PERDIMOS” se concluyen las memorias del hombre que pasó a la historia al realizar la increíble de la liberación de MUSSOLINI, y cuya primera parte se publicó bajo el título de “VIVE PELIGROSAMENTE”. OTTO SKORZENY se convirtió después de su proeza en el Gran Sasso en el hombre de confianza para la realización de las más difíciles aventuras bélicas. Misiones de extraordinaria, así como los sucesos del 20 de julio de 1944, ocurridos a raíz del atentado contra HITLER, y las vicisitudes posteriores al fin de la contienda, momento en que SKORZENY fue detenido como presunto “criminal de guerra”, hasta su partida de Alemania, son relatados con toda fidelidad por el que fue llamado por sus adversarios “el hombre más peligroso de Europa”.
… “Me puse en camino el 27 de julio de 1948. Lo inicie sin necesidad de alicates, ni de escaleras de cuerdas, ni de sobornos. Dí un paso decisivo el paso decisivo hacía una vida nueva, hacía la LIBERTAD”,
OTTO SKORZENY
El 13 de diciembre de 1944, al acabar el análisis de la situación de la tarde en el “Wolfsschanze” (Guarida de Lobo, nombre con que se conocía al Gran Cuartel General del FÜHRER) el FÚHRER me hizo seña de que me quedara. Retuvo también al Mariscal KEITEL, al General JODL, a RIBBENTROP y a HIMMEL, que, por excepción, estaba presente ese día. Ocupamos las butacas que había en torno a una mesita, e HITLER resumió en pocas frases los últimos acontecimientos del sector sureste. A toda costa había que sostener el frente recién estabilizado a lo largo de la frontera húngara, puesto que en aquel inmenso saliente se encontraban un millón de soldados alemanes que, en caso de hundimiento súbito, serían hechos prisioneros inevitablemente.
- Hemos dicho – continúo el FÜHRER – informes confidenciales según los cuales el Regente de Hungría, almirante HORTHY, intenta establecer contactos con el enemigo con objeto una paz con separado. El éxito de sus conversaciones significaría la pérdida nuestro ejército. No sólo quiere tratar a HORTHY con las potencias occidentales, sino también con Rusia, a la que, ha ofrecido la rendición total. Usted, STURMBANNFÜHRER SKORZENY, va a preparar la ocupación militar del Monte Castillo (Burgberg) de Budapest. Efectuará esta operación en cuanto sepamos de que el Regente traiciona las obligaciones dimanentes de su tratado de alianza con Alemania. EL OKW (Comando en jefe de las FF.AA.) piensa – según creo – en un ataque de paracaidistas o en un aterrizaje de varios aviones sobre el mismo Monte. Para esta empresa se pondrá se pondrá usted a las órdenes del nuevo jefe de nuestras tropas en Budapest general N. No obstante, empezará usted con los preparativos hoy mismo, porque el Estado Mayor de N. está aún formándose. Para que pueda vencer todos los obstáculos que encuentre, le daré una orden escrita que le confiere poderes muy amplios.
- Entonces me leyó el general JODL la lista de las unidades que se ponían a mis órdenes: un batallón de paracaidistas de las Waffen SS, y un batallón de infantería motorizada constituido por alumnos de la Academia de Wiener Neustadt. Además dos escuadrillas de planeadores de transporte serían llevadas a Viena y subordinadas a mi mando.
- También tendrá usted, mientras dure la operación, un avión de la escuadrilla afecta al Gran Cuartel del FÜHER, para sus desplazamientos personales – concluyó JODI.
- Durante unos minutos habló HITLER con RIBBENTROP (Ministro de RR. EE.) sobre los partes enviados por la embajada alemana en Budapest. Según los últimos despachos, la situación debía ser considerada como “muy tirante”, pues el Gobierno húngaro se hallaba francamente deseoso de abandonar al Eje. Luego, el FÜHRER firmó la orden para mi misión y me la tendió diciendo: - Cuento con usted y con sus hombres.
A continuación se retiró. Luego se despidieron los demás, dejándome solo. Al ojear rápidamente el documento me chocó el ver que iba a disponer de medios de acción prácticamente ilimitados. La hoja de “papel de Estado”, de gran formato, tenía en el ángulo superior izquierdo, en relieve en oro, el águila con la cruz gamada y debajo en caracteres góticos, la leyenda “El Füher y canciller del Reich”, leí:
“El Sturmbannführer de la reserva (mayor) OTTO SKORZENY está encargado por mí de la ejecución de una orden personal y confidencial de la mayor importancia. Ruego a todas las autoridades militares y civiles que presten al STURMBANFÜHRER SKORZENY todo su apoyo y atiendan todas sus indicaciones”.
Bajo estas frases, la firma, trazada con mano temblorosa, del jefe de Alemania. Por un instante, imaginé con tal carta blanca podría poner al Reich entero boca abajo, a capricho mío. Pero entendí utilizarla lo menos posible. Ya había aprendido a desconfiar de la obediencia de la obediencia ciega de las oficinas en que uno presenta una “orden superior”. Prefería la comprensión y la colaboración espontánea de aquellos a quienes tenía que dirigirme.


MANOS A LA OBRA

Eran las dos de la madrugada, pero antes de acostarme quería tomar las primeras providencias. Hacía dos días que había tenido la feliz idea de trasmitir la orden de alerta a una de mis unidades, el antiguo Batallón de Cazadores 502. Así que pide comunicación con el capitán VON FÖLKERSAM para darle instrucciones:
- Hola FÓLKERSAM, acaban de encargarme una operación de gran envergadura. Tome nota, por favor: la primera compañía, reforzada con algunos elementos seleccionados embarcará esta mañana a las ocho en punto el aeropuerto de Gatow. Triplique la dotación acostumbrada de municiones y agregue el equipo completo para las secciones de minadores. Dé a cada hombre víveres para seis días. Ponga la compañía a órdenes del Teniente HUNKE. El oficial la escuadrilla de aviones de transporte conoce el lugar de destino. Yo saldré de aquí en avión a la misma hora; hacia las diez llegaré al aeródromo de fábricas Heinkel, cerca de Oraniemburgo. Vaya a buscarme; al mediodía saldremos usted, OSTAFEL, y yo. ¿No hay novedad? Perfectamente. Hasta pronto.
Reposé unas horas y luego volé a bordo de un Heinkel 111. Al contemplar el paisaje reflexionaba acerca de las consecuencias que inevitablemente tendría la defección húngara. Nos la jugábamos todo: todo un ejército – un millón de hombres – cuya situación se haría muy precaria, más bien desesperada, si las divisiones húngaras de los Cárpatos suspendían el fuego o sí, cosa todavía peor, se pasaban al enemigo. Y si por añadidura perdíamos BUDAPEST, plataforma de nuestras líneas de comunicaciones…entonces sí que sería una catástrofe inimaginable. ¡Con tal de que yo pudiese obrar a tiempo!
Bruscamente me acordé de los planeadores de transporte que el FÜHRER había puesto a mi disposición. Había también dos batallones de paracaidistas. ¿Cómo podían imaginar los señores del OKW un ataque de paracaidistas contra el Burgberg? Y no hablemos del insensato proyecto de hacer aterrizar a los aviones en la cima del Monte. Yo conocía muy bien Budapest; EL ÚNICO SITIO que, en rigor, permitiría realizar lo que nos podríamos era el gran de deportes llamado –SÓLO DIOS SABE POR QUÉ - CAMPO DE LA SANGRE.
Pero si los húngaros cambiaban de bando nos exponíamos a ser fácilmente barridos, antes de haber tenido tiempo de agruparnos, por los fuegos convergentes del Monte inmediato y de las casas que rodeaban la Explanada. Quizá FUERA POSIBLE, al menos, hacer aterrizar algunos destacamentos de choque…En fin, ya veríamos, cuando llegase el momento.

A la hora prevista llegué a Orahiemburgo, donde me esperaba FÖLKERSAM, quien me informó que la primera compañía ya había partido para Viena, lugar de cita de las diferentes unidades puestas a mis órdenes. Llegamos en coche hasta Friedenthal para recoger nuestras cosas; después acompañados por RADL y por OSTAFEL, partimos en avión hacia la capital austríaca. De común decidimos motorizar todas nuestras tropas. ¡Menudos líos en perspectiva, con los servicios de distribución de vehículos! Sabíamos que era imposible encontrar caminos en aquellos días. El frente del Este y también, desde hacía unas fechas, el de Oeste, habían devorado tanto que ni la industria más poderosa hubiera podido llenar los vacíos que quedaban.
En Viena, allanamos, en tres días, todas las dificultades. En Wiener Neustadt pasé revista a mi batallón de infantería compuesto de 1000 cadetes, una magnífica selección de buenos mozos, animados por un espíritu combativo extraordinario.
Una vez resueltos los numerosos problemas planteados por la motorización y el equipo de nuestras fuerzas, partí acompañaba por RALD, para Budapest. Ya era tiempo de que estudiase sobre el terreno la evolución de la situación. Provisto de documentos a nombre de un tal doctor WOLF y vestido con un magnífico traje de paisano, me presenté en la capital húngara en casa de cierto señor “X”., al cual me había recomendado calurosamente un amigo común. El buen hombre me recibió con los brazos abiertos, con una hospitalidad digna de las mejores tradiciones magiares.
Entretanto, mi jefe inmediato, el general N., había llegado también a Budepst. Se esforzaba por armar, ante todo, su Estado Mayor, y como carecía de oficiales, le preste a FÖLKERSAM y a OSTAFEL. Con el objeto de estar preparados para eventualidad, elaboramos un plan de alerta para todos los efectivos alemanes en Budapest y sus alrededor, destinado a asegurarnos, en caso de necesidad, la posesión de las vías férreas, estaciones y centrales telefónicas y telegráficas.
Nuestro Servicio Secreto había podido imaginar que el hijo del Regente MIKLÓS VON HORTHY, acababa de tener una primera conversación – ultrasecreta, desde luego – con emisarios de TITO. Estaba claro que los húngaros querían establecer contacto con el alto mando soviético, por mediación de los guerrilleros yugoeslavos, con el designio una paz por separado. Por esta vez, las informaciones del Gran Cuartel General del FÜHRER habían resultado ciertas. Durante una conferencia con los jefes de información, decidimos vigilar los movimientos de MIKLÓS HERTHY, colocando junto a él a un agente nuestro: un croata bien relacionado con los círculos gubernamentales, que había conseguido granjearse la confianza rápidamente la confianza de los yugoeslavos al mismo tiempo que la del hijo de HORTHY. Así supimos que próximamente el mismo Regente tomaría parte de una reunión secreta conspirativa. Noticia marcadamente desagradable para nosotros, porque no hubiéramos querido ver al jefe del Estado en persona comprometido en el asunto.
Cada vez que mi coche escalaba las cuestas del Burgberg – a veces iba junto con nuestro agregado militar, otras con nuestro jefe militar – aumentaba mi angustia porque no veía cómo iba a ser posible, llegado el caso, apoderarme de aquella colonia que constituía una especie de fortaleza natural. Aunque la orden del FÜHRER estaba concebida en términos más bien vagos, yo no imaginaba, para impedir la defección de Hungría, más que una acción militar contra el barrio del Gobierno y del Castillo. Acción que iniciarían automáticamente ante la primera manifestación de hostilidad de las autoridades magiares contra Alemania.


PROBLEMAS INTERNOS

Encargué a FÖLKERSAM que estudiase minuciosamente todos los planos de la ciudad que pudiera procurarse, y que completase sus conocimientos teóricas con exploraciones frecuentes por la calles del barrio que nos interesaba. Este trabajo nos reservaba toda clase de sorpresas: bajo el Burgberg se extendía un verdadero laberinto de túneles, corredores y pozos, lo que ciertamente no nos facilitaría la tarea cuando hubiese que a pasar a la acción. Como nuestro dispositivo de alerta, al fin ultimado, ponía en mis manos la ocupación del monte con tropas de las que se hallaban bajo mis órdenes directas, mandé venir mis tres batallones. Abandonaron Viena a principios de octubre y se instalaron en las afueras de Budapest.
En la misma época, el Gran Cuartel General del FËHRER nos mandó al OBERGRUPPFÜHRER (Teniente General SS VON DEM BACH-ZELEWSKI, quien debía tomar el mando de todas las tropas alemanas acantonadas en Budepest. Era un jefe enérgico hasta la brutalidad; presumía de “hombre de puño de hierro y especialista en golpes duros”. Venía de Varsovia, donde acababa de aplastar la insurrección de la resistencia polaca, sobre todo la destrucción del ghetto de Varsovia. En seguida declaró que estaba resuelto a mostrarse, si era preciso, tan implacable como en la capital polaca. Para esto, agregó, había traído un mortero de 65 cms. Hasta entonces sólo se había utilizado dos veces aquel cañón monstruoso: primero para derribar los muros ciclópeos de la ciudadela de Sebastopol; luego, en ocasión de los recientes combates de Varsovia. A mí me pareció innecesaria semejante brutalidad y no so lo oculté; a mi juicio, conseguiríamos nuestros fines mejor y más rápidamente empleando medios más elegantes. LA OPERACIÓN PREVISTA, BAUTIZADA EN CLAVE CON EL NOMBRE DE “PANZERFAUST”, resultaría igual sin la ayuda del mortero gigante de 65 centímetros. Por el contrario, ciertos oficiales parecían impresionados por los modales rudos y violentos de BACH-ZELEWSKI; tal vez se sentían algo intimidados. Pero yo no me achiqué ante sus gritos y puñetazos sobre la mesa y, a fuerza de insistir en mi punto de vista, logré finalmente lo que quería.
Desgraciadamente yo era yo era dueño de mis acciones. Al revés de lo ocurrido en Italia (durante la operación de rescate de MUSSOLINI), donde únicamente tenía que rendir cuentas ante el general STUDENT, y donde tenía en la práctica una total independencia para disponer la operación que me habían encargado, ahora tenía que asistir a interminables conferencias y tener en cuenta todas clase de factores de índole personal. El parecer del general N, no coincidía exactamente con el del embajador, quien, a su vez, no compartía del todo la opinión del general de policía WINCKELMANN. Los servicios secretos y ciertas personalidades húngaras que tomaban parte en nuestras deliberaciones, aportaban también su graníto de arena. Yo estaba muy satisfecho de no ser el que tuviese que coordinar tales tendencias. Pero no comprendida bien por qué discutíamos siempre los planes en presencia de 15 o 20 oficiales. Era muy posible que el Gobierno húngaro hubiera oído hablar de aquellas sesiones y, adivinando más o menos de lo que se trataba, tomase precipitadamente algunas determinaciones. Este temor parecía fundado, porque sabíamos ya que el general MIKLAS, jefe supremo del ejército húngaro de los Cárpatos, negociaba directamente con los rusos.

El 8 de octubre de 1944 tuvo lugar una conferencia nocturna entre MIKLOS HORTY y los emisarios yugoslavos. Pero los hombres de la Gestapo, aunque fue prevenida a tiempo, no intervinieron. Se preparaba otra reunión para el domingo 15 de octubre, en un gran edificio próximo a los muelles del Danubio. ¡Había llegado el momento de actuar! El 13 de octubre el Gran Cuartel del FÜHRER envió a Budapest al general WENCK, que asumiría, en caso de disensiones, el mando de todas nuestras fuerzas y procedería en vista de los acontecimientos y con pleno de causa. Esta vez la Gestapo estaba decidida a detener al hijo del Regente, así como a los yugoslavos.
El proyecto de una acción policial estaba probablemente inspirado por la esperanza de que el Regente, deseoso de salvar a su hijo, abandonaría la idea de una paz separada. El general WINCKELMANN, jefe de las fuerzas de policía, me pidió que le facilitase una de mis compañías en la mañana del 15 de octubre, porque sabía que la primera conversación de MIKLÓS HORTHY se había desarrollado bajo la protección de un destacamento de la Honved (FF AA húngaras). Como era muy probable que los húngaros tomasen la misma precaución esta vez, mi compañía se encargaría de neutralizar a las tropas magiares. Yo le prometí mi ayuda con la condición de poder decidir YO mismo acerca de la oportunidad y del momento preciso de nuestra intervención, que fue designada con el nombre de “MICHEY MOUSE”.


“MICKEY MOUSE”

El domingo 15 de octubre de 1944 un sol radiante brillaba en un cielo límpido. A LAS DUEZ DE LA MAÑANA – la hora de la cita – las calles estaban aún desiertas. Mi compañía se situó en una avenida especialmente tranquila, donde quedaba menos expuesta a llamar la atención. El capitán VON FÖLKERSAM serviría de enlace entre mis hombres y yo. Porque, por supuesto, yo no podría mostrarme aquel día de uniforme. Si quería asistir a los a los acontecimientos que se preparaban, debía vestir de civil, para pasar inadvertido. MICHFER y uno de mis suboficiales, con uniforme de la Luftwaffe, se plantaron sobre un banco del jardín que ocupaba casi toda la extensión de la plaza. Yo llegue en coche unos minutos después de empezar las discusiones entre el hijo de HORTHY y los yugoeslavos. Al desembocar en la plaza, vi ante la casa en cuestión un camión de la Honved y un auto civil, probablemente el coche particular del joven HORTHY. Coloque mi coche precisamente ante los vehículos húngaros, y del revés, para impedir que arrancaran fácilmente.

La víspera, varios policiales alemanes (Gestapo) habían tomado habitaciones en la pensión situada sobre los locales en que tenían lugar las conversiones y tenían la misión de apoyar a los colegas que hacia las diez y cuarto penetrarían en el inmueble para proceder a las detenciones. Bajo la capota del camión de la Honved estaban escondidos tres oficiales húngaros, y otros dos se paseaban por el jardín. Todos los sectores del drama estaban presentes; el primer acto iba a empezar.

Acaba de bajar de mi coche y simulaba estar buscando las causas de una avería del motor cuando aparecieron los dos agentes alemanes. No bien franqueó el primero el umbral del edificio, una ráfaga de ametralladora procedente del camión de la Honved alcanzó al segundo. Gravemente herido en el vientre se desplomó a mi lado. Los dos oficiales húngaros que se paseaban por el jardín llegaron corriendo, revólver en mano, y empezaron a disparar. No tuve tiempo más que para ponerme a cubierto bajo mi auto; instantáneamente una segunda ráfaga transformó la puerta de mi excelente “Mercedes” en un espumadera. La danza empezaba bien. Mi chofer y el suboficial se lanzaron a prestarme ayuda desde los primeros fogonazos. El chofer recibió un balazo en el muslo, pero se mantuvo en pie. Con un silbato di a mi compañía la señal de entrar en acción; luego los tres nos esforzamos en responder del mejor con nuestros revólveres el nutrido fuego de las ametralladoras húngaras. Nuestra situación no tenía nada de divertida; mi coche, detrás del cual nos habíamos acurrucado, parecía cada vez más un colador; en torno a nosotros las balas rebotaban y silbaban con gemebundos maullidos cerca de nuestros oídos. De vez en cuando sacábamos la cabeza sólo una fracción de segundo, a fin de apuntar con mayor aproximación, para mantener a distancia a los asaltantes, si es que puedo expresarme así, ya que sólo estaban a diez o quince metros de nosotros.
Felizmente, esta lucha desigual no duró más de dos a tres minutos. Pronto oí de tras de mí los paso precipitados de nuestra compañía. Ya desembocada el primer grupo en la plaza y tomaba posición en la esquina de la calle. Los otros ocuparon velozmente el jardín y pusieron bajo su fuego los inmuebles vecinos. Tras los primeros cambios de disparos, mis oponentes que guarecían bajo el dintel de la cochera de la casa contigua, en el cual probablemente se encontraban algunos destacamentos húngaros apostados en reserva. Cuando cesó la fusilería llevamos a nuestros dos heridos a la entrada de la casa en cuyo primer piso desarrollaban o se habían desarrollado las negociaciones del hijo de HORTHY con los yugoeslavos. Cuando corríamos hacia aquel abrigo, nos dimos cuenta de que nuestros adversarios de que nuestros adversarios se aprestaban a forzar la salida. Reaccionamos rápidamente. Una granada, diestramente lanzada, arrancó las dos enormes hojas de la puerta así como algunas placas de mármol y lo arrojó todo mezclado a través del arco obstruyendo así la salida. Esa explosión puso fin a la acción militar propiamente dicha, que, de otra parte, no había durado ni cinco minutos.

Ahora bajaban los policías alemanes del primer piso de “nuestro” inmueble trayendo entre ellos a cuatro prisioneros. Hicimos subir a los dos húngaro – MIKLOS HORTHY y a su amigo BORNEMISZA - a un camión. A los policías (Gestapo) se les había ocurrido, para no llamar la atención de los transeúntes, transportar a los dos hombres como si fueran fardos, envueltos en grandes alfombras. Por lo que pude ver, esta astuta estratagema no salió bien del todo. Los dos conspiradores se debatían vigorosamente y los policías se vieron obligados a amarrarlos por la cintura y a izarlos sin muchos miramientos al camión, que arrancó en el acto. Ordené a mi compañía que se retira; quería evitar con ello nuevos incidentes que muy bien pudieran producirse si los húngaros, repuestos de su sorpresa, se reagrupaban para atacarnos.
Algo así como un presentimiento me impulsó a seguir al camión en otro coche que FÖLKERSAM acababa de enviarme. A eso de cien metros de la plaza vi que llegaban, casi a paso de trote, tres compañías de infantería de la Honeved. Si esas tropas llegaban a la plaza se enfrentarían con mis hombres y se armaría otro tiroteo, eventualidad poco agradable para nosotros. ¿Qué hacer? ¿Cómo ganar unos minutos para dar tiempo a que mis hombres se fueran? Mande a mi chofer que parase, salté del coche y me lancé al encuentro que, a juzgar por su posesión a la cabeza de la primera compañía debía de mandar a sus tropas.
- Detenga a sus tropas. Allá hay una confusión indescriptible. Nadie se entiende. En su lugar, yo iría en seguida a ver lo que pasa.
La treta triunfó. Por suerte, el oficial, hablaba algo de alemán. Ordenó “¡Alto!” y me miro, visiblemente perplejo. Seguramente no entendía nada, pero esto me era indiferente. Lo que me importaba era obtener un pequeño respiro. Ya debían de estar mis hombres sobre los camiones. Un minuto más y habrían partido. Lancé al oficial, siempre indeciso, un lacónico “Tengo prisa”, y volví a mi coche, que arrancó y echó a correr hacia el campo de aviación; un poco después el aparato despegó para dirigirse a Viena.


LA PAZ POR SEPARADO

Entonces me fui al Estado Mayor del Cuerpo de Ejército instalado en una casa encaramada en la cumbre de una de las numerosas colinas de Budapest. El general WENCK me recibió inmediatamente y juntos esperamos, con impaciencia mezclada de curiosidad, el desarrollo de los sucesos. Sabíamos que días antes los húngaros habían tomado ciertas precauciones en el Burgberg. La guarnición había sido reforzada; las principales vías de acceso fueron, al parecer, defendidas por minas enterradas. Hacia el medio día recibimos una llamada telefónica de la embajada, cuyo palacete estaba igualmente situado en el monte. Nuestro agregado militar nos dijo que la colonia entera había sido puesta en estado de sitio de un modo completamente oficial, y que todas las vías de acceso estaban cerradas a la circulación. El agregado había querido unos minutos antes abandonar el monte en coche, pero por todas partes tropezó con puestos húngaros que le obligaron a desandar el camino. Un poco más tarde más tarde fueron suspendidas las comunicaciones telefónicas, cosa que ya suponíamos, porque no recibíamos ninguna llamada. Así que los servicios alemanes que se encontraban aún en el Burgberg estaban prácticamente sitiados.
Esto constituía, a no dudarlo, el primer “acto inamistoso”, como se dice en lenguaje diplomático. Nos preguntábamos si tendrían lugar acontecimientos más graves. Copn toda evidencia, la situación presente no podía prolongarse indefinidamente; dentro de dos o tres horas, sobrevendría una decisión final, en un sentido o en otro. Por el momento sólo podíamos esperar; la iniciativa estaba en manos del adversario. Hacia las dos de la tarde, la incertidumbre fue brutalmente disipada por una noticia especial de la radio húngara que comunicaba un mensaje del Regente HORTHY: “¡HUNGRÍA ACABA DE CONCERTAR UNA PAZ POR SEPARADO CON RUSIA!”
La suerte estaba echaba. La situación no era demasiado clara. Sin tardanza debíamos adoptar las contramedidas previstas. El general ordenó la puesta en marcha inmediata del dispositivo de alerta para la ciudad de Budapest.
Al mismo tiempo me pidió que lanzase la operación contra el Burgberg. Sin embargo, estimé que aún no había llegado el momento de hacerlo y aconsejé que se esperasen algunos días. Para contener a los húngaros propuse que se estableciese un cinturón exterior que rodease al Mont. La 22. División SS (Se trata de la División SS DE Caballería “MARÍA TERESA” integrada por voluntarios húngaros y húngaros descendientes de alemanes, considerados como tales por la nacionalidad de sus padres), se encargó de esa tarea. La ocupación de estaciones y edificios públicos más importantes se desarrollo de acuerdo con nuestros planes y sin ningún incidente en el curso de la tarde.


SE IMPONE LA ACCIÓN

Después de una conferencia sostenida hacia última hora de la tarde, decidimos atacar el Monte al día siguiente por la mañana. Fijé la hora H a las seis de la mañana, es decir, en realidad, el alba, porque ese momento me parecía especialmente favorable para una sorpresa total, factor indispensable si se quería triunfar sin tener que dar una batalla en toda la regla. Toda la tarde estudié con FÖLKERSAM el mapa de del Burgberg, levantado por nosotros mismos. Poco a poco se iba precisando nuestro plan de acción. Estudiábamos un ataque concéntrico simultáneo a cargo de varios destacamentos. En el momento en que ellos se lanzasen al asalto, yo intentaría abrirme paso hacia el centro, a lo largo de la carretera de Viena. Contaba con esto para el pleno efecto del factor sorpresa, ya que esperaba apoderarme de la Puerta de Viena sin disparar un tito, tan silenciosamente como fuese posible, para aparecer en seguida con mis hombres, en la gran plaza del Castillo. Después de esto había que conseguir rápidamente u resultado definitivo. Si llegábamos a entrar inmediatamente en el Castillo, centro probable de la resistencia, la acción no dudaría sin duda más que unos minutos, lo que evitaría, tanto del lado húngaro como el del nuestro, un inútil derramamiento de sangre.

Asignamos a cada una de nuestras unidades una misión concreta. Acabábamos de recibir el refuerzo de una compañía de tanques “Panteras” y otra de tanques “Goliat”. Estos últimos, de creación reciente, eran vehículos blindados teleconducidos, muy bajos y muy manejables, en cuya parte delantera contenían una potente carga explosiva; en resumen, eran tanques de demolición enanos. Quizá pudiéramos utilizarlos para dislocar una barricada o para hacer saltar cualquier puerta que impidiese nuestro avance.
El batallón de cadetes de la Academia Militar atacaría por los jardines que cubrían el flanco sur del Monte. Una tarea difícil, porque sabíamos que en aquella abrupta pendiente habían situado los húngaros varios nidos de ametralladoras. La misión de este batallón consistía en la neutralización del adversario y luego en la ocupación del Castillo.

Un destacamento de mi batallón especial, apoyado por un tanque atacaría a lo largo de la rampa oeste para apoderarse de una de las entradas laterales del Castillo. Un destacamento del Batallón 600 SS de Paracaidistas, pasaría por el túnel que cruzaba bajo el puente levadizo y que se perdía en el interior del Monte. Forzaría la entrada del laberinto subterráneo y se infiltraría en los edificios que albergaban a los ministerios de Guerra y del Interior (Gobierno).
El resto de mi unidad especial, el grueso del batallón de paracaidistas de las SS, cuatro tanques y también los “GOLIAT” estarían a mi disposición para el golpe de mano contra la Puerta de Viena y el Castillo. A los paracaidistas de la Luftwaffe (Fuerza Aérea) los mantendría en reserva por si había que hacer frente a complicaciones imprevistas.
A medianoche, cuando tuvimos fijados todos los detalles de cada una de tales acciones, mis tropas tomaron posiciones en los emplazamientos convenidos, tras el cinturón formado por los hombres de la División SS 22.
Un poco más tarde, un oficial superior del Ministerio de Guerra húngaro se presentó en el Estado Mayor del Cuerpo de Ejército. Vino directamente, por un camino que ignorábamos, desde el Burgberg, para entablar, en nombre del Ministerio, conversaciones con nosotros. Le dijimos simplemente que no teníamos ningún motivo para negociar mientras el Regente no rectificase el anuncio de la paz por separado. Por otra parte, insistimos en que el aislamiento, por no decir, de los miembros de nuestra Embajada, retenidos en el Monte, constituía un acto netamente “inamistoso”. Por consejo mío señalamos al Parlamento húngaro un plazo para restablecer una situación más normal. En términos de verdadero ultimátum, le manifestamos que era preciso que lo más tarde a las seis de la mañana fueran levantadas las minas y barricadas que impedían la circulación por la carretera de Viena – que era donde se encontraba la Embajada - . Así tendría yo al mismo tiempo la ocasión tan deseada de dirigir mi ataque, con un mínimo de pérdidas, hasta el Castillo.
La actitud de nuestro visitante parecía indicar que él y también un gran número de sus camaradas del Ministerio estaban bastante molestos con esta repentina media vuelta contra Alemania. Nuestra conversación se desarrolló durante dos horas en una atmósfera cordial, casi amistosa, y a continuación el oficial se despidió.
Hacia las tres de la madrugada me fui a mi puesto de combate, al pie del Monte, cerca del campo de maniobras. Reunido con mis oficiales, desplegué la carta y al débil resplandor de nuestras linternas de bolsillo expliqué y concreté los últimos detalles, mientras sorbíamos el hirviente café preparado por mi ordenanza. Mi plan de acción estaba perfectamente dispuesto. Trataría de subir tranquilamente con mis hombres hasta la plaza del Castillo como si este “paseo” fuese la cosa más natural del mundo. Sería preciso que las tropas continuasen en sus camiones, de manera que pareciese que íbamos a pasar, simplemente por las calles, como por causalidad. Yo sabía que haciéndole así iba a correr un gran peligro, ya que, en caso de ataque contra los camiones, mis hombres quedarían prácticamente indefensos. Pero debía aceptar el riesgo si quería llegar al Castillo rápidamente y sin tener que presentar combate.
Comunique este plan a los jefes de las distintas unidades; después, les recomendé con insistencia que diesen la señal de abrir el fuego sólo en último extremo. Tampoco deberían responder a eventuales ataques de grupos aislados, para tratar de penetrar a toda costa con sus vehículos hasta las respectivas posiciones de combate sin haber disparado un solo tiro “Los húngaros no son nuestros enemigos”; esta era, al menos, por el momento, la consigna.
Enseguida señalé el orden de marcha de mi propia columna. A la cabeza iría la camioneta que me conduciría. Inmediatamente detrás, cuatro tanques, luego un grupo de “Goliat”. Y, por fin, el resto de mis hombres, agrupados por secciones e instalados ya en sus vehículos. Todas las armas individuales llevaría puesto el seguro. La mayoría de mis soldados, veteranos que no tomaban por parte por primera vez en un golpe de mano, aprovecharon los últimos minutos antes de la partida para descabezar un sueño. Al pasar la Puerta de Viena y alcanzar la meseta del Monte, la columna se dividiría en dos, y se precipitaría a toda marcha por las dos grandes avenidas hasta la Plaza del Castillo.

Las cinco y treinta. La cinco y cuarenta. En el primer camión se encontraban cinco de mis viejos compañeros de combate, suboficiales que ya habían participado en el asunto del rescate del DUCE. Cada uno de ellos llevaba colgado del cinto la pistola ametralladora y varias granadas de mano, llevando en las manos la nueva arma antitanque llamada “PANZERFAUST” . Teníamos curiosidad por ver cuál era la actitud de los elementos blindados húngaros concentrados en el Monte. Si era preciso los reduciríamos a silencio, bien con los obuses de nuestros propios tanques, bien con los “PANZERFAUST”.


EL ASALTO

Una vez más miré mi reloj pulsera; las cinco y cincuenta y nueve. Hice un gesto circular con el brazo derecho encender los motores. Luego, de pie en mi camioneta, alcé bruscamente el brazo varias veces: “¡Adelante!” Arrancamos lentamente, porque la cuesta era empinada. Ojala que ninguno de mis vehículos pasase sobre una mina, porque al volar obstruiría el camino y haría fracasar mi hermoso proyecto en último momento. Con un gesto instintivo me incliné hacia atrás y escuché ansiosamente; todo iba bien; ninguna detonación interrumpía el ruido regular de los motores. Ahí estaba la Puerta de Viena. En el centro de la barricada custodiaba por unos soldados húngaros, que nos miraban pasar con una curiosidad manifiesta, habían practicado un paso. Un minuto más tarde llegamos a la meseta. En voz baja ordené a nuestro conductor que acelerase progresivamente.
A nuestra derecha se alzaba un cuartel de la Honved. Delante de la puerta había dos ametralladoras en posición, abrigadas por bolsas de arena amontonadas.
- Un ataque de flanco sería bastante desagradable – murmuró FÓLKERSAM a mi oído.
Felizmente, nade rebullo ni dentro ni fuera del cuartel; no se oía más que estrépito de nuestros tanques. Tomé el camino de la derecha, en el que se encontraba la embajada de Alemania. Íbamos a una velocidad bastante notable; detrás de mí, el primer tanque, lanzado a unos 40 kilómetros por hora, avanzaba con un fragor de trueno. Nos quedaba por recorrer menos de un kilómetro hasta el Castillo. La primera parte de la operación había salido perfecta. Habíamos alcanzado la cumbre del Monte sin disparar un solo tiro. A nuestra izquierda surgía ya el enorme bloque del Ministerio de Guerra. A distancia estallaban una, dos, tres sordas detonaciones. Sin duda eran mis hombres que, metidos en el túnel, forzaban la entrada del laberinto subterráneo. Se acercaba el instante decisivo. Habíamos pasado el Ministerio y ante nosotros se extendía la Plaza del Castillo. Tres grandes tanques estaban situados en ella. Al cruzar ante el primero, vi que levantaba su cañón para darnos a entender que no tenía intención de disparar.
Ante la puerta del Castillo, los húngaros habían erigido una vacilante barricada de adoquines de varios metros de altura. Mi camioneta se apartó y, mediante una señal con el brazo, di orden al tanque que nos seguía de arrojarse con todas sus fuerzas contra tal obstáculo. Mientras el coloso de acero se lanzaba, nosotros saltamos a tierra. La barricada no resistió el choque formidable de las treinta toneladas y se derrumbó. El tanque pasó por encima de los restos, destrozó la puerta y dirigió su cañón hacia el patio del Castillo, donde se enfrentó cara a cara con seis cañones antitanques.

Corriendo a derecho e izquierda de nuestro “Pantera” franqueamos los adoquines esparcidos y penetramos bajo la arcada. Un coronel de la guardia del Castilla trató de cerrarnos el paso revólver en mano, pero FÖLKERSAM le rechazó con un golpe en el hombro. A nuestra derecha parecía abrirse la entrada principal del edificio; saltamos los primeros peldaños. A un oficial que se precipitaba hacia nosotros le grite: “¡Lléveme inmediatamente ante el gobernador del Castillo!”.
El buen muchacho me acompañó dócilmente por la gran escalera de honor. En el primer piso enfilamos un pasillo. Con un gesto ordené a uno de mis hombres que se quedase en el rellano para cubrirnos. El oficial húngaro me indicó una puerta que daba a una pequeña antecámara. Sobre una mesa colocada ante la ventana abierta, un soldado echado sobre una ametralladora abría fuego contra mis hombres que estaban afuera. El suboficial HOLZER, un tipo rechoncho y corto de piernas, tomó con las dos manos la ametralladora y la precipitó sobre el pavimento. El húngaro quedó tan aturdido que cayó de la mesa y rodó por el suelo.
Viendo otra puerta a mi derecha, la empujé de un golpe y entré. Un general de brigada de la Honved avanzó hacia mí. No le dí tiempo a decir ni una palabra.
- Usted es el gobernador del Castillo, ¿verdad? Le exijo la rendición inmediata. Únicamente usted será responsable de la sangre que pueda correr inútilmente si se niega a capitular. Le ruego que se decida ahora mismo.
Yo tenía bastante prisa por acabar, porque oía el ruido de fusilería procedente de la Plaza, asó como algunas ráfagas de ametralladora.
No era una afirmación lanzada a la ligera con el fin de impresionar al general. Estaba seguro de que mi “unidad especial”, mandada por el teniente HUNKE, cuy sangre fría conocía, había llegado ya al Castillo y se había apoderado de los puntos estratégicos del inmenso edificio. En efecto, aún no habían tenido tiempo de recobrarse los húngaros cuando ya HUNKE penetró en la habitación para anunciarme que el gran patio y las principales entradas habían sido ocupadas sin combate, y para solicitar órdenes.
El general húngaro llegó a una decisión; no la debió de tomar con alegría:
- Me rindo – declaró con voz grave -. Voy a ordenar a mis tropas que cesen inmediatamente el fuego.
Nos estrechamos las manos y acordamos anunciar la noticia a los destacamentos que se batían aún en los jardines, por un oficial húngaro acompañado de otro oficial de mi columna. Mientras el general tomaba sus disposiciones, salí al pasillo para hacer una pequeña inspección. A petición mía, dos mayores húngaros me escoltaron sirviéndome de oficiales de enlace. Con gran asombro de mi parte, las habitaciones del Regente estaban vacías. Supe que había abandonado el castillo antes de la seis para ponerse bajo la protección de las general de las Waffen SS PFEFFER –WILDEMBRUCK. Su familia se había refugiado la víspera en la Nunciatura apostólica. De todas maneras, la presencia en el castillo del almirante HORTHY no hubiera cambiado las cosas; nuestros planes no afectaban directamente a su persona, sino en realidad en realidad a la sede del gobierno húngaro.
Asomé la cabeza por una ventana de la fachada principal y varias balas silbaron junto a mi oído. Retrocedí apresuradamente. Un poco más tarde el teniente HUNKE me participó que no había sido posible llevar la orden del alto el fuego a algunas posiciones húngaras de los jardines del Castillo, sobre la vertiente danubiana. Pero dos proyectiles de “panzerfaust”, lanzados desde los pisos altos del Castillo bastarían para hacer comprender a los aliados que ocupaban aquellas posesiones que harían mejor en rendirse.
En total, la operación había durado media hora. La calma reinaba de nuevo en el Monte. Los habitantes de los barrios vecinos podían seguir durmiendo. Por teléfono anuncié nuestro triunfo al Estado Mayor del Cuerpo de Ejército y oí materialmente el suspiro de alivio que dio el oficial al otro extremo del hilo. Sin duda aquellos señores sólo tenían una débil confianza en mi proyecto de operación relámpago basado en el efecto de la sorpresa.
Un poco más tarde recibí los partes de los grupos que se habían adueñado de los ministerios de la Honved - donde había habido un breve un breve refrigerio – y del Interior, que asimismo, se habían rendido; luego, los dos jefes de los demás destacamentos. Nuestras bajas eran mínimas; en total, cuatro muertos y doce heridos. El único combate verdaderamente serio había tenido lugar detrás del Castillo, en los jardines. Los húngaros habían tenido tres muertos y quince heridos.
Todos los soldados de la Honved estacionados en el Monte hubieron de entregar sus armas, que nosotros amontonamos en el gran patio. En cambio, autorice a los oficiales a conservar las suyas; después, les pedí que se reunieran en un salón del piso bajo, donde improvise un discursito poco más en estos términos:
- Deseo recordarles que, desde hace siglos, ningún conflicto ha turbado el buen entendimiento de Hungría y Alemania. Nuestros pueblos han luchado siempre juntos contra enemigos comunes. También hoy carecemos de motivos para pelearnos…

Mi acento austríaco subrayó, de seguro, el efecto conciliador y amistoso de mis palabras, ya que ninguno de los oficiales húngaros dejó de estrecharme la mano. Al comienzo de la tarde se retiraron con sus hombres a los cuarteles de Budapest. A LA MAÑANA se presentaron todos ante el Ministerio de Guerra para prestar juramento de fidelidad al nuevo Gobierno.
HORTHY fue reemplazo por el Capitán SZALAZY, un fascista húngaro de escasas dotes, quien canceló sin demora la proclamación del armisticio. Pero el daño a la amistad germano-húngara ya se había producido y no pudo restaurarse más. Asimismo, la atrevida OPERACIÓN PANZERFAUST no logró salvar a Budapest ni al ejército alemán en Hungría. En efecto, la gran ofensiva rusa desencadenada a mediados de enero de 1945 barrió con todas las defensas germanas y sus poco seguro aliados magiares.
Conforme con las órdenes recibidas, me instalé con mis tropas en el Castillo y puse destacamentos de guardia en los principales puntos del Monte. A DECIR VERDAD, JAMÁS HUBIERA CREÍDO QUE UN DÍA IBA A “GOBERNAR” LA RESIDENCIA REAL DE HUNGRÍA… Nos sentíamos alegres y llenos de entusiasmo, especialmente porque las noticias del frente iban siendo mucho mejores. Así que pudimos celebrar alegremente nuestras victorias: gracias a nosotros había sido evitada una verdadera catástrofe para nuestro en Hungría.
A la mañana siguiente el nuevo ministro de Guerra húngaro, BEREGHFY, nos visitó para expresar la gratitud del nuevo gobierno. Le contesté que me sentía dichoso de haber conseguido mis propósitos después de una lucha tan breve y, sobre todo, de haber podido evitar el deterioro de los maravillosos edificios del Castillo. Pensaba yo, en efecto, con horror, en las pérdidas irreparables que hubiera podido causar el mortero de 65 centímetros que quería emplear el bruto de BACH-ZELEWKI.
Al anochecer, una orden del Gran Cuartel General del FÜHRER me encargaba de conducir al Regente de Hungría al castillo de Hirschberg en la alta Baviera. El almirante HORTHY debía ser tratado como huésped del FÜHRER, quien puso a su disposición su tren especial. Por supuesto, yo sería responsable, durante todo el trayecto, de la seguridad del REGENTE. Terminaba, pues, mi vida de castellano.
Al día siguiente, el general PFEFFER-WILDENBRUCH me presentó al almirante HORTHY. Al cabo de cinco minutos nos dirigimos a la estación. Las calles estaban desiertas.

¡UNA MARCHA TRISTE PARA AQUEL VIEJO QUE DURANTE TANTOS AÑOS HABÍA REGIDO LOS DESTINOS DE HUNGRIA!

(Págs. 77-91, Manual de Informaciones del Ejército Argentino, “Tropas Especiales OPERACIÓN PANZERFAUST”, Buenos Aires, 1978, Vol. XX – nº 6, noviembre-diciembre de 1978, Director Tte. Cnel. MAURO O. BORGHI).


Editó Gabriel Pautasso
gabrielsppautasso@yahoo.com.ar
DIARIO PAMPERO Cordubensis nº 126

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